Impresiones del Tanned Tin 2010 (Segunda parte)
Richard Bruckner se presentó en el escenario del Teatre Principal exhibiendo altas dosis de introversión y austeridad. El cantautor californiano ofreció un convencional concierto de alt-country con la particularidad de que él mismo fue tejiendo y superponiendo líneas de guitarra llegando a conformar oscuros paisajes sobre los que aposentar su inquietante voz. Interesante pero no espatarrante. Especialmente si tenemos en cuenta que después de éste harían su aparición los que, a la postre, rubricarían una de las actuaciones más sobresalientes de todo el festival. Y no hablo de otros más que The Wowz, que salieron acompañados por sus amigos de Ching Chong Song a regalarnos una divertida sesión de anti-folk que con cada tema fueron encandilando más y más al público. Y es que poder contar con la colaboración de la (excepcional) voz de Julie Lamendola de CCS magnificó aun más la propuesta de los neoyorquinos. Una de las pocas bandas que contó con un más que merecido bis por petición popular. Unas horas más tarde aparecerían en la segunda planta del teatro – esta vez como Ching Chong Song – para culminar su particular gran jornada con una sesión acústica.
Tras The Wowz, cambio de planes, L’Altra intercambian slot en el horario con DD/MM/YYYY. A la postre nos enteraríamos que la mala planificación eligiendo su vuelo de vuelta de los chavales de DD/MM/YYYY provocó esta alteración. La joven banda de Toronto ofrece un sonido made in Baltimore que en disco resulta bastante inofensivo pero que en directo gana en algunos matices. Si bien la actuación decayó mucho a partir de la mitad en la que quedó en evidencia la falta de tablas, el inicio de la actuación me sorprendió y salí de la actuación con mejor regusto del que esperaba.
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Llega uno de los momentos más esperados del festival, Dean Wareham sale al escenario con el uniforme y el repertorio de una de las bandas de rock alternativo de culto de finales de los 80, Galaxie 500. Muchos de los éxitos – como Temperature’s Rising que podemos disfrutar en el video que acompaña – que salpicaron la corta carrera de la banda norteamericana resonaron en el Teatre Principal y nos transportaron 20 años atrás en el tiempo durante 50 minutos escasos. La versión de Ceremony de Joy Division de la que prácticamente se apoderaron durante su carrera sirvió para cerrar una actuación realmente emotiva y que tan corta se nos hizo a todos.
Pisamos el acelerador pero sin movernos de la década de los 80 ni del continente norteamericano. Ahora que la convergencia entre los sonidos tribalistas, y el pop indie están tan en boga gracias a bandas como Animal Collective, Vampire Weekend o The Ruby Suns no está de más repescar bandas que hace varias décadas ya comenzaron a establecer vínculos entre lo afro-tribal y el punk-rock. Y es que si en Europa tenemos como referente a The Ex, al otro lado del Atlántico una de las bandas encargadas de experimentar con este cóctel fue Savage Republic. Y ahí salieron los californianos, armados con sus instrumentos – barril de gasolina incluído – para ofrecer una aguerrida sesión de post-punk que consiguió espantar al público más poppie que esperaba pacientemente al concierto retrasado de L’Altra. Mención especial al batería, un híbrido entre Angus Young y el demonio de Tasmania que no paró en ningún momento de atizarle a la batería convirtiéndose en la piedra filosofal a partir de la cual nacen todas y cada una de las bases que conforman el, no nos engañemos, escaso repertorio melódico de la banda. De todas formas, en un cartel eminentemente pop y de regusto dulce, se agradecen propuestas más duras que sirvan de contrapunto a tanta dosis de buen rollito y felicidad.
Para cerrar la jornada, orfebrería pop canadiense a cargo de L’Altra. Ni que decir tiene que el intercambio de horario con DD/MM/YYYY les sentó como una patada en el culo. En el prospecto médico de L’Altra debería aparecer la siguiente frase: Nunca consumir pasadas las 2 de la mañana. Y es que, a pesar de que la propuesta ya no me acaba de convencer en disco; en directo, la candidez, el divismo y la intrascendencia se acentúan y la actuación se acabó convirtiendo en una gaseosa de dimensiones cósmicas. Bostezos y más bostezos que hasta los propios artistas consiguieron divisar. Un cierre demasiado descafeinado para una, en aspectos generales, notable edición del Tanned Tin. El año que viene más, seguro.
Impresiones del Tanned Tin 2010 (Primera parte)
Lo que a continuación sigue no puede considerarse en sí una crónica al uso del festival Tanned Tin ya que, por cuestiones personales no pude acudir más que a una parte de los conciertos de las jornadas del viernes y sábado, pero sirvan como apunte de lo allí visto, escuchado y, en la mayoría de los casos casos, disfrutado.
Tras varios años deseándolo, por fin se me dio la oportunidad de viajar a Castelló a disfrutar de uno de los festivales de música independiente con más solera y prestigio de Europa, el Tanned Tin. Esta edición se mantuvo en vilo hasta pocas semanas antes de su celebración por falta de apoyo económico de los organismos públicos municipales y provinciales. Tras un primer cambio de fechas (el festival solía realizarse durante la primera quincena del mes de noviembre) se planteó un cambio de sede. Se barajaban los nombres de – principalmente - Valladolid y Tarragona. Finalmente, una - modesta – inyección de capital público castellonense permitió que el festival no se moviera de la capital de La Plana. Y la verdad, después de visitar el Teatre Principal de Castelló, hay que congratularse de que así haya sido. El que escribe ha visitado pocos recintos con más encanto que éste para la ejecución y el disfrute de la música en vivo. La coqueta caja de bombones edificada a finales del siglo XIX es el corazón del festival, el lugar ya invita a ese ambiente de germanor – disculpen la catalanada, no encuentro una acepción castellana adecuada – que se respira allí dentro.
Aparcando definitivamente las cuestiones económicas, políticas y sentimentales y dejándome llevar por criterios musicales, seguramente el cartel de ésta edición del Tanned Tin no se antojaba tan ambicioso como en los últimos años. Un cartel copado por bandas del sello Acuarela que en su mayoría han girado bastante por la península en los últimos años – véase The Wave Pictures - y encabezado por tres venerados tótems de la música independiente de los 90: Howe Gelb homenajeando la memoria de Johnny Cash con la ejecución íntegra del concierto de éste en la cárcel de San Quentin en el año 1968, Dean Wareham rescatando los temas de Galaxie 500 y Matt Elliott encabezando su proyecto seminal, The Third Eye Foundation.
La primera actuación que tuve la oportunidad de ver fue la de la banda canadiense Picastro, banda que, según la Wikipedia, está enmarcada en el sleep rock, un género totalmente desconocido para un servidor pero que describe bastante bien lo que la banda ofreció. Siendo sinceros, el grupo de Toronto encajaba en una velada marcada por la languidez de las propuestas presentadas, adoleciendo ésta seguramente de algo de canallismo que animase al personal. El formato dúo – la banda no pudo contar con la presencia de su batería Brandon Valdivia – restó matices e interés personal por la actuación, que quedó algo desangelada sin sección rítmica.
Tras éstos, pudimos disfrutar de 45 minutos de música de los desconocidos Callers, un trío de Nueva York difícilmente clasificable, folk que intenta por momentos jugar con el blues y el jazz apoyados en la calidez de la voz de su cantante, cuya actuación fue en general sobria pero mostrando destellos de brillantez cuando voz, batería y guitarra se soltaron la melena en un par de temas. Un grupo que bien merece una escucha de su, por ahora único, LP Fortune.
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Seguramente he sido injusto al no incluir a Luke Haines entre los cabezas de cartel del festival junto con Gleb, Wareham y Elliott. Y es que el bueno de Luke lo merece, tanto por su trayectoria liderando bandas como The Auteurs o Black Box Recorder, como por los grandes temas que ha compuesto a lo largo de su carrera y especialmente por su dominio del escenario, alcanzando altos niveles de empatía con el público. Este último detalle me parece crucial en un festival como el Tanned, cargado de bandas jóvenes con poco rodaje en los escenarios y que por lo general salen, desatan su repertorio con más o menos excelencia y se despiden, sin acabar de conectar en exceso. Salpicar el cartel con artistas veteranos, con cientos de miles de kilómetros a sus espaldas y algo que explicar entre tema y tema siempre se agradece.
Poco después llegó Robin Guthrie para escupir sobre mi ecuación veteranía + genialidad = empatía. El co-fundador de Cocteau Twins nos ofreció un hipnótico, minimalista y sobrio espectáculo audiovisual de 45 minutos. Solo en el escenario, acompañado de sus aparatos electrónicos consiguió hechizar y aborrecer a partes iguales. Combinando momentos brillantes, lisérgicos, artesanalmente compuestos a base de la superposición de esos riffs tan característicos en la discografía de los escoceses con otros más vulgares - ¿de dónde sacas esos loops tan cutres que metes en algunos temas, Robin Guthrie? – el concierto fluyó acompañado de una etérea pero soberbia proyección hasta su finalización. A remarcar el absoluto respeto del público, en una propuesta con un volumen moderado tirando a bajo, cualquier bocalán podría habernos dado la murga y no pasó en ningún momento.
Es la una de la madrugada y parte del equipo técnico encargado de preparar el escenario aparece con una mesa de grandes dimensiones sobre la que The Third Eye Foundation reposará sus portátiles, instrumentos y demás aparatejos. Por cierto, no puedo acabar la crónica sin remarcar el excelente trabajo de los técnicos durante todo el festival. Cual equipo de mecánicos de la Fórmula 1 los artistas iban alternándose en el escenario sin que te dieras cuenta. Volviendo a la actuación: Primera decepción, se cae de la convocatoria Yann Tiersen. Así que el conjunto liderado por Matt Elliott se presenta en formato cuarteto en el escenario y comienzan a atacar sus macs para ofrecernos sus credenciales de pioneros del sonido Bristol y las bases del Trip-Hop que acabarían popularizando artistas como Portishead, Tricky o Massive Attack. Personalmente, no disfruté de la actuación más que en contados momentos en que coquetearon con el acid más old skool. He de reconocer que ya de base, las propuestas electrónicas enmarcables dentro de la música de baile en un teatro de butacas se me antojan un poco absurdas. Si además ves a un músico contrastado como Matt Elliott rasgando una guitarra electroacústica durante muchos minutos sin que esta se llegue a intuir no queda otra que decir que la decepción fue absoluta. Tras esta mala experiencia final como broche a una jornada algo irregular lo mejor era emprender la retirada y esperar que el día siguiente la cosa fuese a mejor, como así fue.



